Estando en la cubierta del “Maryflower” lo escuchó. Un grupo de pasajeros comentaba una de las noticias que llegaban por radio: “Un estudioso belga había comprobado científicamente que los instrumentos musicales tienen alma”. Aunque el piano desconocía los detalles de esa investigación, lo que había escuchado lo inquietó terriblemente.
Posteriormente, al concluir el viaje, fue transportado hasta un conservatorio donde estudiaban música los jóvenes de una gran ciudad. El cambio del barco a la casa de estudios no lo modificó, casi no lo sintió, pero lo perturbaba la noticia de que era probable que poseyera alma. Desde allí, su sonido no fue el mismo. Los estudiantes comenzaron a dejarlo de lado y de a poco se convirtió en el piano que menos elegían para la práctica.
En consecuencia, fue mudado a un pequeño establecimiento de un pueblo cercano, donde un grupo de docentes jubilados recreaban sus días. Y fue allí, donde se le ocurrió que si tenía alma, también estaba la posibilidad de reencarnar. Y pensó en qué otro instrumento le gustaría volver cuando ya no exista tal como era. Pero no conocía demasiados, sólo la armónica del marinero que solía acompañar los anocheceres del “Maryflower” y un bongó con quien compartía la amenización de los viejitos. Antes del viaje sólo había estado en el salón de quien le había dado forma, por lo menos eso es lo más lejano en sus recuerdos.
De ahí, se le ocurrió repetir lo que le había pasado recientemente. Tener un mal sonido para seguir viajando y conociendo instrumentos, y así poder elegir en cuál reencarnar. Y fue pasando de lugar en lugar y fue conociendo más. Una guitarra que enamoraba mujeres en Estambul, un tambor que acompañó a los soldados en varias batallas, la pandereta de un circo, el violín de un viejo gitano. Pero ninguno lo satisfacía por completo. Y el tiempo pasaba, los lugares se sucedían, las herramientas musicales cambiaban, y él seguía sonando desafinado, lúgubre en los allegros y estridente en los adagios.
Por ello, su alma, si es que la tenía, siempre estuvo atormentada. El piano siempre estuvo persiguiendo el instrumento ideal y se olvidó de brillar él mismo. Sin notar siquiera la importancia de su presencia en cada uno de los lugares que había pisado.
Finalmente, sus últimos días fueron en una humilde vivienda, donde su destino fue alimentar la hoguera que daba calor a sus habitantes. Así, la madera, el marfil, las cuerdas, y todos los materiales con los que estaba hecho pasaron a ser cenizas y el crepitar de las llamas, fue la última música que emitió. Sus cenizas fueron esparcidas por el viento en un campo sembrado de trigo.
Visto.
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